El Dios mostrado en Jesucristo – Una breve introducción a la teología Trinitaria

Si queremos ver la imagen más precisa de Dios no tenemos que mirar más allá de Jesucristo. En Jesús nos encontramos con Dios como Dios es realmente. “El que me ha visto a mí”, dijo Jesús, “ha visto al Padre” (Juan 14:9).

Todas las citas bíblicas, al menos que sea indicado de otra forma, están tomadas de la Santa Biblia. Nueva Versión Internacional®, NIV®. Copyright ©1973, 1978, 1984 by Biblica, Inc.™ Usada con permiso de Zondervan. Todos los derechos reservados mundialmente. www.zondervan.com

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Jesucristo es la revelación perfecta del Padre. “A Dios nadie lo ha visto nunca; el Hijo unigénito, que es Dios y que vive en unión íntima con el Padre, nos lo ha dado a conocer” (Juan 1:18).

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En las palabras y acciones de Jesús, escuchamos y vemos lo que más importa a cada ser humano: que el Padre nos ama incondicionalmente. Él envió a Jesús movido por su inmenso amor y por su inquebrantable compromiso con la redención humana. Conocer a Jesús es conocer a Dios, lo que significa que lo que creemos sobre Jesús es nuestra teología.

De una forma u otra, todos tenemos una teología. Dicho con simplicidad, la teología es “conocimiento de Dios”. De una forma u otra, todos tenemos una teología. Y ciertamente cada iglesia y denominación tiene una teología, es el marco que sostiene e informa sus doctrinas y prácticas.

De una forma u otra, todos tenemos una teología. Dicho con simplicidad, la teología es “conocimiento de Dios”. Nuestra teología es todo lo que creemos ser verdad sobre Dios. Y ciertamente cada iglesia y denominación tiene una teología, es la estructura que sostiene y da forma a sus doctrinas y prácticas.

La teología trinitaria considera a la doctrina de la Trinidad como la doctrina central y fundamental que conforma las bases para como leemos la Biblia y como entendemos todos los puntos de la teología. Trata no solo del “cómo” y el “por qué” de las doctrinas y las prácticas, sino lo que es más importante, empieza con el “quién”. Se pregunta: “¿Quién es el Dios dado a conocer en Jesucristo, y quiénes somos nosotros en relación con él?”.

La teología trinitaria, por lo tanto, no se refiere simplemente a una creencia en la doctrina de la Trinidad, (la enseñanza bíblica de que hay un Dios, que es eternamente Padre, Hijo y Espíritu Santo). Se refiere a una forma de comprender quien es Dios que está centrada en Cristo.

Centrada en Cristo
La teología trinitaria está primero, y sobre todo, centrada en Cristo. Como señaló Thomas F. Torrance, un destacado teólogo trinitario del siglo XX, Jesús es la única Palabra de Dios a la humanidad y la única Palabra de la humanidad a Dios. Por esto, incluso las Santas Escrituras está bajo su señorío.

Él dijo a un grupo de líderes religiosos judíos en Juan 5:39-40: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida”. Tratamos de leer e interpretar la Biblia por medio de las lentes de quién es Jesús. Él es la base y la lógica de nuestra teología, porque solo él es la revelación propia final y total de Dios.

Centrada en relaciones
Porque está centrada en Cristo, la teología Trinitaria es por su misma naturaleza relacional. Jesucristo, el Unigénito Hijo de Dios, se convirtió en uno con nuestra carne para ser nuestro sustituto salvador y representarnos como sus hermanos y hermanas en la misma presencia del Padre (ver Juan 1:14; Efesios 1:9-10, 20-23). Por causa de Cristo ¡gozamos de relación con Dios! El Espíritu Santo habita en nosotros. Pertenecemos al Padre y somos, en Cristo, los amados del Padre.

Esto significa que la vida y la fe cristianas son principalmente sobre cuatro clases de relaciones personales:
La relación interna de amor santo compartida eternamente por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
La relación del Hijo eterno con la humanidad en Jesucristo encarnado.
La relación de la humanidad con el Padre por medio del Hijo y el Espíritu, y
La relación de los seres humanos, unos con los otros, como hijos del Padre redimidos por Jesucristo.

Principios de la historia
En el siglo XX la teología Trinitaria avanzó en occidente principalmente por medio de la obra de Karl Barth y sus estudiantes, especialmente Thomas F. Torrance y su hermano James B. Torrance. Pero esta teología es tan antigua como la iglesia misma. La teología Trinitaria formó las bases de las primeras enseñanzas cristianas. Esto se refleja en el Credo de los Apóstoles, en el Credo Niceno y en la Definición de Caledonia.

Los primeros maestros y teólogos trinitarios prominentes incluían a Ireneo, Atanasio y Gregorio de Nazianzo.

Ireneo (murió en 202 d.C.) fue un discípulo de Policarpo, quien a su vez había estudiado con el apóstol Juan. Ireneo se esforzó por mostrar que el evangelio de la salvación enseñado por los apóstoles y transmitido por ellos está centrado en Jesús. Vio que la Biblia presenta la Encarnación como un nuevo punto de inicio para la humanidad. Por medio de la Encarnación, la totalidad de la raza humana “nació de nuevo” en Jesús. En Jesús, la humanidad tiene un nuevo origen y una nueva identidad.

La base bíblica del pensamiento de Ireneo incluyó las afirmaciones de Pablo en Romanos 5, donde se nos presenta a Jesús como el “segundo” o Adán “final” de la raza humana. “En Jesús”, escribió Ireneo, “Dios recapituló en sí mismo la antigua formación del hombre [Adán], para que pudiese destruir el pecado, privar a la muerte de su poder y vivificar al hombre…” (Contra Herejías, III.18.7).

Ireneo comprendió que Jesús tomó a toda la humanidad en sí mismo, como nuestro representante y como nuestro substituto perfecto delante de Dios, y por lo tanto renovó la raza humana por medio de su vida, muerte, resurrección y ascensión.

Ireneo enseñó que esta renovación, o recreación, de la raza humana en Jesús, por medio de la Encarnación, no es solo una mera obra hecha “por” Jesús.

Nuestra salvación es mucho más que solo el perdón de nuestros pecados. Significa nuestra recreación total “en” y “por medio” de Jesús.

Atanasio (murió en 373 d.C.) defendió el evangelio contra los falsos maestros que negaban la divinidad eterna del Hijo. Esta defensa llevó a la formulación de la doctrina de la Trinidad, afirmada en el Concilio de Nicea en el año 325 d.C.

En su tratado, Sobre la Encarnación, Atanasio escribió lo siguiente: “Así, tomando un cuerpo como el nuestro, ya que todos nuestros cuerpos estaban sujetos a la corrupción de la muerte, él sometió su cuerpo a la muerte en el lugar de todos y lo ofreció al Padre. Esto lo hizo por su puro amor por nosotros, de forma que en su muerte todos muriésemos… Hizo esto para poder volver de nuevo a la incorrupción a los hombres que se habían vuelto a la corrupción, dándoles vida por medio de la muerte por la apropiación de su cuerpo y por la gracia de su resurrección… (sección 8).

¿Qué iba a hacer Dios? ¿Qué podría hacer, siendo Dios, sino renovar su imagen en la humanidad, de forma que por medio de ella los hombres pudieran una vez más venir a conocerle? Y, ¿cómo podría esto hacerse, salvo por la venida de la propia Imagen de sí mismo, nuestro Salvador Jesucristo?…

La Palabra de Dios vino en su propia Persona, porque él solo era la Imagen del Padre, que podía recrear al hombre hecho conforme a su Imagen. Así sucedió que tomaron lugar de una vez dos maravillas opuestas: La muerte de todos fue consumada en el cuerpo del Señor; sin embargo, porque la Palabra estaba en él, la muerte y la corrupción fueron en el mismo acto totalmente abolidas. Debía de haber muerte, y muerte por todo, para que la deuda de todos pudiese ser pagada… (sección 13).

Por lo que la Palabra…no pudiendo en sí misma morir, tomó un cuerpo mortal para poder ofrecerlo como suyo propio en lugar de todos, y sufriendo por causa de todos, por medio de su unión con ellos, ‘anular, mediante la muerte, al que tiene el dominio de la muerte, es decir, al diablo, y librar a todos los que por temor a la muerte estaban sometidos a esclavitud durante toda la vida” (Hebreos 2:14-15) (sección 20).

Por su muerte la salvación ha venido a todos los hombres, y toda la creación ha sido redimida” (sección 37).

Atanasio e Ireneo enfatizaron que la Encarnación, cuando el Hijo de Dios se convirtió en un ser humano, afectó a toda la humanidad. Dios eligió salvar a la humanidad por medio del nacimiento, la vida, la muerte en sacrificio y la resurrección del Hijo Encarnado de Dios. Esta es la esencia del evangelio comprendida por la iglesia inicial y mostrada en las Escrituras.

Gregorio de Nazianzo (murió en 389 d.C.) escribió sobre como Cristo participó de nuestra humanidad caída por medio de su Encarnación:
“Porque aquello que Él no ha asumido no lo ha sanado; pero aquello que está unido a su Divinidad se ha salvado también. Si solo la mitad de Adán cae, entonces aquello que Cristo asume y salva puede ser la mitad también; pero si la totalidad de su naturaleza cae, debe estar unido a la totalidad de la naturaleza de Aquel que fue engendrado, y así ser salvo como totalidad…” (Epístola 101).

Cristo se unió a sí mismo con nuestra condición real, esto es, con nuestra humanidad caída, no a una humanidad anterior a la caída, para redimirla. Como se descubrió que J. B. Torrance dijo: “El doctor se convirtió en el paciente para sanarnos”. Es importante que sepamos que Dios, en Cristo, nos ama verdaderamente tanto como para abrazarnos en nuestra peor condición de pecado.

¿Quién eres tú Señor?
“¿Quién eres tú, Señor?” fue la pregunta angustiada de Pablo en el camino de Damasco, donde fue derribado por el Jesús resucitado (Hechos 8:9). El pasó el resto de su vida contestando esta pregunta y luego compartiendo la respuesta con todo el que escuchase. La respuesta, que se nos muestra en las Escrituras, es el corazón del evangelio y el foco de la Teología Trinitaria.

Jesús es totalmente Dios y totalmente humano, y eso nunca cambiará. Su encarnación no acabó con su muerte o con su ascensión. Continua para siempre. Él resucitó y ascendió corporalmente y regresará corporalmente, lo mismo que se fue. Cuando decimos Jesucristo, estamos diciendo Dios, y también estamos diciendo “humanidad”.

Como el único que es de una forma única Dios, Creador y Sustentador de todo, y también totalmente humano, Jesús, en sí mismo, es la única unión de Dios y la humanidad. En y a través de la vida, la muerte, la resurrección y la ascensión de Jesús todos los seres humanos están incluidos en la vida y el amor de Dios. Como el apóstol Pablo escribió, Jesucristo hombre es el único mediador entre Dios y todas las personas, pasadas, presentes y futuras (1 Timoteo 2:5).

Por toda la humanidad                                                                                                                    El alcance de la vida vicaria humana de Cristo se extiende a todos los que hayan vivido. De la misma forma la Biblia declara que Jesús murió por todos, y que su muerte se aplica a todos ahora.

Pasajes relevantes sobre este tema incluyen: Juan 12:32: “Y yo [Jesús], si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo”.

2 Corintios 5:14: “Porque el amor de Cristo nos compele, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron”.

Colosenses 1:19-20: “Porque al Padre agradó que en él habitara toda la plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”.

1 Timoteo 2:3-6: “Esto es bueno y agradable delante de Dios, nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad, pues hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos”.

Timoteo 4:9-10: “Palabra fiel es esta, y digna de ser recibida…porque esperamos en el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen”.

Hebreos 2:9: “Pero vemos a aquel [Jesús] que…a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos”.

1 Juan 2:2: “Él [Jesús] es la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”.
Ver también Juan 1:29; 3:17; Romanos 8:32; 2 Corintios 5:18-19; Tito 2:11 y 1 Juan 4:14.

Estos pasajes muestran con claridad que Jesús murió por toda la humanidad.

Jesús, el segundo Adán
En Romanos 5 Pablo se dirige a creyentes, pero lo que dice se aplica a toda la humanidad; creyentes y no creyentes por igual. De acuerdo a Pablo, por medio de Jesús, todos los seres humanos son…

Justificados por medio de la fe de Cristo (Vrs. 1, 18).
En paz con Dios (Vr. 1).
Descansan en su gracia (Vr. 2).
Reconciliados con Dios a través de la muerte de Jesús (Vr. 10).
Salvos por medio de la vida de Jesús (Vr. 10)

Esta justificación, reconciliación y salvación ocurrió:

Cuando éramos “incapaces de salvarnos” (Vr. 6).
Cuando “todavía éramos pecadores” (Vr. 8).
Cuando “éramos enemigos de Dios” (Vr.. 10).

Dios hizo todo esto por nosotros antes de que incluso naciésemos. Los beneficios de lo que Jesús hizo hace tanto se extiende al pasado, al presente y al futuro. Pablo dice: “mucho más…seremos salvos por su vida” (Vr. 10b), mostrando que la salvación no es una transacción realizada una sola vez, sino una relación permanente que Dios tiene con toda la humanidad, una relación forjada dentro de la persona de Jesucristo, el que, en sí mismo, ha llevado a Dios y a la humanidad juntos en paz.

Continuando en Romanos 5, Pablo compara el primer Adán con Jesús, llamando al último el “segundo” o el Adán “final”. Notemos los puntos principales de Pablo: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre [Adán]… todos pecaron…” (Vr. 12). “¿…mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo?” (Vr. 15). Y, “como por la transgresión de uno [aquella del primer Adán] vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno [la de Jesús, el segundo o Adán final] vino a todos los hombres la justificación de vida” (Vr. 18).

Jesús no ha hecho algo por nosotros simplemente, ha hecho algo con nosotros al incluirnos en su vida, muerte, resurrección y ascensión.
Por lo tanto, de las Escrituras comprendemos que…
Cuando Jesús murió, toda la humanidad murió con él.
Cuando Jesús resucitó, toda la humanidad resucitó a una nueva vida con él.
Cuando Jesús ascendió, toda la humanidad ascendió y se sentó con él al lado del Padre (Efesios 2:4-6).

Cuando las personas se convierten en creyentes empiezan a conocer a Cristo y a gozar de su relación con él.

La Salvación es recreación
El milagro de la Encarnación no es algo que sucedió “una vez”, ahora pasada. Es un cambio sobre como se “conecta” la totalidad del cosmos, es una nueva creación (2 Corintios 5:17). La Encarnación lo cambió todo para siempre, alcanzando hacia atrás a toda la historia humana, y alcanzando hacia adelante a todo el tiempo a medida que se va abriendo paso.

Pablo habla de esta transformación en Romanos 7:4, donde dice que incluso mientras estamos vivos, estamos muertos a la ley por el cuerpo de Cristo. La muerte de Jesús en su carne humana por nosotros, aunque un evento histórico, es una realidad presente que se aplica a toda la humanidad, pasada, presente y futura. “Habéis muerto”, les dice Pablo a los colosenses, “y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:3). Incluso antes de que literalmente muramos, por lo tanto, estamos ya muertos en la muerte de Jesús y vivos en la resurrección de Jesús.

Nuestra unión con Cristo en su vida, muerte, resurrección y ascensión está expresada en Efesios 2:5-6. Aquí Pablo afirma que así como estamos ya muertos en el misterio de la muerte substitutoria de Jesús, se nos ha dado “vida con Cristo”, y fuimos “juntamente con él resucitados” y “asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús”. Todo esto llega por la gracia de Dios.

La unión de Dios con la humanidad en Cristo incluye a todos los seres humanos, incluso a aquellos que vivieron antes de que viniera Jesús.

La fe de Cristo                                                                                                                             ¿Qué significa ser salvo por gracia a través de la fe? ¿Significa que somos salvos por medio de algo que hacemos, una obra humana de fe? Si es así, ¿qué ocurre cuando nuestra fe es débil o falla?

La buena noticia es que Jesús ha hecho todo lo necesario para nuestra salvación, desde el principio al fin, incluyendo creer por nosotros. David Torrance esribe: “Somos salvos por la fe y obediencia de Cristo al Padre, no por la nuestra. Mi hermano Tom [Torrance] citó a menudo Gál. 2:20: “Con Cristo estoy juntamente colgado en el madero, y vivo, no ya yo, sino vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo por la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí”. Esta es la traducción de la Biblia King James, que creo es una traducción correcta del griego…

Otros traductores, como los de la Nueva Versión Internacional, aparentemente, porque encuentran que es muy difícil de creer que podamos vivir por la fe de Cristo, en lugar de la nuestra, han alterado el texto para hacerlo decir: “lo vivo por la fe en el Hijo de Dios”. ¡Algo totalmente diferente! Esa traducción suprime la naturaleza vicaria de la vida de fe de Cristo. Es por su fe, no por la nuestra, ¡que somos salvos y vivimos! Nuestra fe es una respuesta agradecida a su fe.

Cuando reflexionamos en nuestras vidas y ponderamos cuán desobedientes hemos sido a veces, y lo continuamos siendo, es maravillosamente consolador saber que Cristo nos da su vida de obediencia al Padre, y que es la obediencia de Cristo la que cuenta. Somos salvos por su obediencia, no por la nuestra. “An Introduction to Torrance Theology – Una introducción a la teología de Torrance Págs. 7-8).

En nuestro lugar
La Biblia nos dice que Jesús es el Alfa y la Omega, el principio y el fin (Apocalipsis 22:13). Esa es la razón por la que podemos confiar libremente en que él es todo para nosotros sin siquiera tener que preocuparnos si nuestra fe es lo suficientemente buena o lo suficientemente fuerte.

Tomas Torrance lo explica de esta forma: “Jesús entra en la situación cuando somos llamados a tener fe en Dios, a creer y confiar en él, y actúa en nuestro lugar y en nuestro nombre desde dentro de las profundidades de nuestra infidelidad y nos provee gratuitamente con una fidelidad en la que podemos compartir… Esto significa que si pensamos en creer, confiar o en la fe como formas de actividad humana delante de Dios, entonces debemos pensar en Jesús creyendo, confiando, o teniendo fe en Dios el Padre en nuestro beneficio y en nuestro lugar…

Por medio de su unión encarnacional y expiatoria con nosotros, nuestra fe se implica en la suya, y por medio de esa implicación, lejos de ser despersonalizada o deshumanizada, Jesús hace que surja libre y espontáneamente de nuestra propia vida humana delante de Dios. Pero por sí misma, sin embargo, como Calvino solía decir, la fe es un vaso vacío, porque en fe descansamos sobre la fidelidad de Cristo, e incluso la forma en la que descansamos en él es sostenida y mantenida por su inconmovible fidelidad”. (The Mediation of Christ – La Mediación de Cristo, Págs. 82-83).

Pero, ¿y nuestra libertad humana?
Si es la vida, fe, y obediencia de Jesucristo la que nos salva y nos incluye en esa salvación, ¿cuál es nuestro papel?

Antes de discutir el papel de la respuesta humana, será útil repasar las verdades bíblicas siguientes:

Por medio de la unión con Jesús, toda la humanidad es…
Reconciliada con el Padre.
Gustada, amada y querida por le Padre.
Aceptada “en el Amado” (Efesios 1:6)
Y perdonada (sin registro de pecado y sin condenación)

El evangelio declara no la posibilidad o el potencial de que estas cosas sean verdad para nosotros, sino una realidad que se nos urge a aceptar. Por el Espíritu Santo podemos dar la bienvenida libremente a la verdad y caminar en ella, pero Dios no nos fuerza a aceptar la verdad.Dios insiste que el amor debe ser libremente dado y libremente recibido; no puede imponerse, o no es amor.

Aunque la integridad de nuestra libertad humana, dada por Dios, debe mantenerse, también debe mantenerse que los seres humanos no empiezan desde un punto neutral donde pueden por igual y libremente elegir amar o rechazar a Dios.

Ya que la verdad de cada ser humano está ya implicada en la verdad de Jesucristo, rechazar a Dios sería un movimiento en contra de la verdad, y por lo tanto en contra de la libertad.

Verdad y libertad van siempre juntas, como Karl Barth no ha dudado nunca en recordarnos: “La verdadera libertad del ser human viene dada por el hecho de que Dios es su Dios. En libertad solo puede elegir ser el hombre de Dios, por ejemplo estar agradecido a Dios. Con cualquier otra elección estaría simplemente aventurándose en el vacío, traicionando y destruyendo su verdadera humanidad. En lugar de elegir la libertad, estaría eligiendo la esclavitud” (Church Dogmatics – Dogmáticas de la Iglesia, IV.1, p. 43).

¿Cuál es nuestro papel?                                                                                                        Podemos elegir libremente responder al evangelio con corazones agradecidos y esperanzados, animándonos y apoyándonos los unos a los otros en el cuerpo de Cristo. Mientras celebramos la realidad de la gracia juntos en nuestras congregaciones, nuestras vidas son transformadas verdaderamente.

Respuesta personal
Debemos de tener cuidado para no confundir lo que es verdad en Jesucristo, para toda la humanidad, con la respuesta personal de cada individuo a esa verdad.

Nosotros no “decidimos por Cristo” en el sentido de que nuestra decisión personal produzca o cause nuestra salvación. Al contrario, aceptamos lo que ya es nuestro en Cristo, poniendo nuestra confianza en Aquel que ya ha confiado por nosotros, en nuestro lugar.

Cuando creemos personalmente el evangelio, que es aceptar lo que es ya nuestro por gracia, empezamos a participar en el amor de Dios por nosotros. Empezamos a vivir en la nueva creación que Dios, anterior a cualquier creencia nuestra, nos hizo ser en Cristo.

Está la verdad general, u objetiva, sobre toda la humanidad en Jesús, y también la experiencia personal, o subjetiva, de esta verdad.

Objetivamente todas las personas, pasadas, presentes y futuras están ya justificadas; todas están santificadas, todas están reconciliadas en Jesús, en y por medio de lo que él ha hecho como su representante y substituto. En Jesús, objetivamente, el viejo ser ha muerto ya; en él, objetivamente, somos ya la nueva humanidad, representada como tal por él delante y con Dios.
Sin embargo, aunque todas las personas están ya objetivamente redimidas por Jesucristo, no todas han despertado personal y subjetivamente todavía y aceptado lo que Dios ha hecho por ellas. No conocen todavía lo que son verdaderamente en unión con Jesús.

Lo que es objetivamente verdad para todos, debe ser subjetiva y personalmente recibido y experimentado por medio del arrepentimiento y la fe. El arrepentimiento y la fe no causan la salvación de una persona, pero la salvación no puede experimentarse y gozarse sin ellas. El arrepentimiento y la fe son en sí mismas regalos de Dios.

En las Escrituras encontramos algunos versículos que hablan de la naturaleza general/objetiva de la salvación, mientras que otros hablan de la naturaleza personal/subjetiva de la salvación. Ambas son reales y verdad, pero lo personal es verdad solo porque lo general es una realidad preexistente.

Estas dos categorías se encuentran a lo largo de las Escrituras, ocurriendo, a veces, ambas en un pasaje como sucede en 2 Corintios 5:18-21. Pablo empieza en los versículos 18-19 con la naturaleza objetiva/universal de la salvación: “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió [pasado] consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación”.

He aquí una verdad general que se aplica objetivamente a todos: todos estamos ya reconciliados con Dios por medio de lo que Jesús ha hecho en unión con toda la humanidad.

Después de establecer la verdad general en 2 Corintios 5:18-19, Pablo sigue a tratar en los versículos 20-21 de lo subjetivo /personal: “Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”.

¿Cómo pueden estar “reconciliados” ya todos y sin embargo, la invitación es a “reconciliarse”, sugiriendo una reconciliación por ocurrir todavía?                                                                            La respuesta es que ambas son verdad, estos son dos aspectos de la misma verdad. Todos estamos ya reconciliados en Cristo, esta es la verdad universal y objetiva, pero no todos han abrazado ya, y por lo tanto experimentado, su reconciliación con Dios.

Estar reconciliado, y sin embargo no saberlo y experimentarlo, es continuar viviendo como si uno no estuviese reconciliado. Tener los ojos de uno abiertos a esta reconciliación por el Espíritu, elegir abrazarla, y luego experimentarla, no hace que la reconciliación ocurra, pero hace que se haga realidad personalmente.

Así la invitación evangelística de los embajadores de Cristo (Vr. 20) es a “reconciliarse”. Pero este llamamiento no es a hacer algo que produciría la reconciliación; al contrario, es una llamada a recibir la reconciliación que existe ya con Dios en Cristo.

Al dar la bienvenida a la verdad del evangelio no podemos sino ¡adorar a nuestro Señor y Salvador!

Segunda parte: Preguntas y respuestas

Ahora vamos a referirnos a algunas preguntas y objeciones a la Teología Trinitaria.

¿Estáis diciendo que no hay diferencia entre un cristiano y un no cristiano?                                   No. Lo que estamos diciendo es que a causa de lo que Jesús es y lo que ha hecho, todos los seres humanos, creyentes y no creyentes, están unidos a Dios en y a través de Jesús. Como resultado, todas las personas están reconciliadas con Dios; todas han sido adoptadas como sus hijos muy queridos. Todas, en y por medio de Jesús, están incluidas en el amor y vida del Dios Unitrino: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Sin embargo, no todas las personas saben quien es Cristo, y por lo tanto quienes son ellos en Cristo. Ellos no son creyentes.

Otra forma de referirse a la distinción entre creyentes y no creyentes es decir que todas las personas están incluidas en Cristo (universalmente) pero solo los creyentes participan activamente (personalmente) en esa inclusión.

A lo largo de todo el Nuevo Testamento vemos como se habla de estas distinciones, y son importantes. Sin embargo, no debemos ir demasiado lejos con ellas y pensar de los no creyentes como no aceptados y no amados por Dios. Verlos de esa forma sería pasar por alto la gran verdad de quien es Jesucristo y lo que él ha hecho por toda la humanidad ya. Sería volver las “buenas noticias” en “malas noticias”.

Cuando vemos a toda la humanidad en Cristo, algunas de las categorías que podemos haber mantenido en nuestra forma de pensar desaparecerán. Ya no vemos más a los no creyentes como “extraños”, sino como hijos de Dios que necesitan comprender cuánto los ama su Padre, cuánto le gustan y los quiere. Nos acercamos a ellos como hermanos y hermanas. ¿Saben quiénes son en Cristo? No, y es nuestro privilegio hablarles del amor de Dios por ellos.

Si todos están ya reconciliados con Dios en Cristo, ¿por qué las Escrituras hablan tanto sobre el arrepentimiento y la fe?                                                                                                                 En el Nuevo Testamento la palabra griega traducida “arrepentimiento” es “metanoia”, que significa “cambio de mente”.Toda la humanidad es invitada, y capacitada por el Espíritu para experimentar un cambio radical de mente, alejado del egocentrismo pecaminoso y hacia Dios y su amor experimentado en unión con Jesucristo por medio del Espíritu Santo.

Nota la invitación de Pedro a este cambio de mente en Hechos 2:38-39: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare”.

Dios no perdona a las personas a cambio de su arrepentimiento y creencia. Como proclaman las Escrituras, el perdón es un don incondicional gratuito que es dado totalmente por gracia. Es una realidad que existe para nosotros incluso antes de que entremos en ella en nuestra experiencia.

La verdad del evangelio, la verdad sobre Jesús y sobre toda la humanidad en unión con Dios en Jesús, es que Dios ha perdonado ya a toda la humanidad con un perdón que es incondicional, y por ello verdaderamente gratuito: “Por lo tanto”, invita Pedro, “arrepentíos y creer esta verdad, y ser bautizados por el Espíritu con la mente de Jesús, que conlleva la seguridad sobrenatural de que verdaderamente somos hijos de Dios”.

Arrepentimiento es un cambio de mente y de corazón, incluye llegar a conocer quien es Jesús por nosotros, y quiénes somos nosotros en él. Nuestras mentes son renovadas en Jesús por medio del Espíritu, nos volvemos a él y empezamos a confiar en él.

El Espíritu nos mueve a arrepentirnos “porque” nuestro perdón ya se ha llevado a cabo en Cristo, no para ser perdonados. Nos arrepentimos porque sabemos, que en Jesús, nuestros pecados han sido ya perdonados y que, en Jesús, somos una nueva creación. En este arrepentimiento, nos volvemos de la alienación dentro de nosotros, a medida que el Espíritu bautiza nuestras mentes en la aceptación de Jesús y en la seguridad que llega con la misma.

¿Por qué entonces Pablo dice que si no tienes el Espíritu, no perteneces a Cristo?
Romanos 8:9 dice: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”.

La sentencia “Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”, no es para ser sacada de su contexto para tornarla en una prueba de que algunas personas no pertenecen a Dios.

En el contexto de este pasaje, Pablo se está dirigiendo a creyentes, él no está haciendo una afirmación aquí sobre los no creyentes.  Está advirtiendo a los creyentes desobedientes que están rechazando someterse al Espíritu Santo en sus vidas. Él está diciendo en efecto: “Vosotros decís que el Espíritu de Dios está en vosotros, y estáis en lo cierto. Sin embargo, vuestra vida debería de reflejar la presencia del Espíritu de Cristo”. Como Pablo dice en el versículo 12: “…tenemos una obligación, pero no es la de vivir conforme a la naturaleza pecaminosa…” (Ver los versículos 10-17).

Si el mundo está reconciliado, ¿por qué Jesús decía que no oraba por él?                                     En Juan 17:9 Jesús dijo: “Yo ruego por ellos [sus discípulos]; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son”.

Solo porque Jesús dijera en una ocasión que el no rogaba por el mundo, sino por sus discípulos, no implica que él nunca pidió por el mundo. Es solo que justo en aquel momento su énfasis estaba en sus discípulos.

Es importante también comprender como Juan usa la palabra “mundo” [kosmos en griego] en el fluir de su evangelio. A veces, la palabra puede referirse a todas las personas, (quienes son todas amadas por Dios; ver Juan 3:15), mientras que otras veces se puede referir al sistema mundano que es hostil a Dios. Es aparentemente este sistema el que Jesús tiene en mente aquí en Juan 17. Ya que este sistema resiste a Dios, la oración de Jesús al Padre lo excluye. Él no está pidiendo por el mundo como en su forma actual, sino que está orando por un grupo de personas que él puede usar para declarar su amor por el mundo.

Después, en su oración, Jesús tiene a todo el mundo en mente. Él pide que todos sus seguidores “sean uno… oh Padre… para que el mundo crea que tú me enviaste” (17:21). De la misma forma que Juan 3:16 dice que Dios ama a todo el mundo y quiere que todos sean salvos.

Si todos están ya reconciliados con Dios, ¿por qué las Escrituras hablan del infierno?   
Las Escrituras hablan del infierno porque es la consecuencia natural de la rebelión en contra de Dios. Esa es la razón por la que vino Cristo. Dios nos permite que respondamos a lo que ha hecho por nosotros en Cristo.

Estamos incluidos en Cristo, pero podemos rechazar esa inclusión. Estamos reconciliados con el Padre, pero podemos rechazar esa reconciliación.
Sin embargo, tal rechazo no niega lo que Dios ha hecho por toda la humanidad en Cristo.

En el Gran Divorcio, C. S. Lewis escribió: “Hay solo dos clases de personas al final: aquellas que dicen a Dios: ‘Sea hecha tu voluntad’, y aquellas a las que Dios les dice al final: ‘Sea hecha vuestra voluntad’. Todas las que están en el infierno, lo eligen. Sin esa elección propia no podría haber infierno. Ningún alma que desea el gozo seria y constantemente jamás lo perderá. Aquellos que buscan hallan. Y a aquellos que llaman se les abre”.

¿Por qué la Biblia habla sobre personas cuyos nombres no están en el libro de la vida?
Apocalipsis 13:8 dice: “Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo”.
Apocalipsis 17:8 dice: “Los habitantes de la tierra cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia”.

Tenemos que considerar el contexto de estas afirmaciones en Apocalipsis. Juan escribe usando un género (estilo) literario conocido como apocalíptico. Este estilo, que era comúnmente usado por los escritores judíos del tiempo de Juan, es muy simbólico. No hay un “libro de la vida” literal. El “libro de la vida” es una figura literaria, una forma simbólica de referirse a aquellos que son fieles al Cordero. Estos versículos en Apocalipsis se refieren a las personas que rechazan la nueva vida que Cristo ya había conseguido para ellas.

¿Por qué dice Pedro que es difícil ser salvo?
1 Pedro 4:17-18 dice: “Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios? Y: Si el justo con dificultad se salva, ¿en dónde aparecerá el impío y el pecador?”.

El punto de los versículos 17-18 se encuentra en el versículo 19: “Así pues, los que sufren según la voluntad de Dios, entréguense a su fiel Creador y sigan practicando el bien”.

Pedro ha estado animando a los creyentes perseguidos a vivir de acuerdo con su identidad como hijos de Dios, y no como los que viven en desenfreno e idolatría (versículos 1-5).

Como parte de su argumento, señala que la persecución es la participación en los sufrimientos de Cristo, y por lo tanto si los creyentes tienen que sufrir, deben de hacerlo por su fe y santa conducta en lugar de sufrir por una pecaminosa e injusta (versículos 12-16). Su punto es que los creyentes, que saben que Jesús, el Salvador, es el Juez misericordioso de todos, no deben de vivir de la misma forma malvada que aquellos que se oponen a Cristo.

En realidad es imposible para todos ser salvos, si no fuera por Cristo. Cristo ha hecho lo que es imposible que los seres humanos podamos hacer por nosotros mismos, pero aquellos que rechazan a Cristo no están participando en los sufrimientos de Cristo; participan en sus propios sufrimientos, ya que recogen lo que han sembrado.

¿Qué es la vergüenza y la confusión perpetua?
Daniel 12:2 dice: “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua”.

2 Tesalonicenses 1:6-9 dice: “Porque es justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder”.

Ambos pasajes se refieren al tiempo del juicio final cuando Jesús sea “revelado”, a veces referido como la “segunda venida” de Jesús, o al regreso de Jesús “en gloria”. Este es el tiempo cuando todos los seres humanos verán claramente quien es Jesús, y por ende quienes son ellos en unión con él. Y esta “revelación” les presenta una elección: ¿Dirán “sí” a su inclusión en Cristo, o dirán “no”?

Su decisión ni crea ni destruye su inclusión, pero sí determina su actitud hacia ella, si aceptarán el amor de Dios por ellos y entrarán en la plenitud del gozo del Señor, o continuarán separados y en frustración, y por ello en vergüenza, eterna perdición y destrucción. La destrucción es una autodestrucción ya que rechazan el propósito por el que fueron hechos, y la redención que ya les había sido otorgada.

En el Juicio, todos estarán frente a Jesús, el juez que murió por todos, y tendrán que decidir si confiarán en él. Aquellos que confían en su Salvador toman parte en el gozo y la vida que Dios les ha dado en Cristo. Aquellos que lo rechazan continúan en su hostilidad y en el infierno que conlleva.

¿Y qué de la “puerta estrecha”?
Jesús dice en Mateo 7:13-14: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”.

Jesús está hablando de esta vida ahora, a este lado de la resurrección general. En este día, la mayoría están viviendo en el “camino espacioso” de la destrucción. Aunque incluidos en Cristo, viven como si no lo estuviesen. Solo los “pocos” han abrazado en este tiempo la verdad que es en Jesús, y él es quien es la “puerta estrecha”.

Jesús trata de este mismo tema en Mateo 7:21-23 “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”.

Estas personas han hecho milagros, y al hacerlo han engañado a muchos. Afirman conocer a Jesús, y aunque Jesús obviamente los conoce, ya que él es omnisciente, no se ve a sí mismo en ellos con respecto a su fe real o conducta, y por ello proclama: “Nunca os conocí”, en el sentido de no tener una unión armoniosa con ellos.

Pero, ¿no nos convertimos en hijos de Dios en el instante en que creemos?
Juan 1:12-13 dice: “Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios. Éstos no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios”.

Ya hemos visto en las Escrituras que Dios ha incluido a todos en la humanidad vicaria de Jesús. Cuando él murió, todos morimos, cuando resucitó, todos nacimos de nuevo en él. Por lo tanto, todos los seres humanos son, desde la perspectiva de Dios, ya sus hijos. Él les dio a las personas ese “derecho” mucho antes de que lo aceptaran.

Aquellos que creen y aceptan a Jesús entran y empiezan a experimentar la nueva vida que ha sido de ellos, la nueva vida que ha estado “escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:3). En otras palabras, lo que ha sido objetivamente verdad para ellos siempre, llegan a experimentarlo subjetiva y personalmente cuando se convierten en creyentes.

¿Es esto el universalismo?
No en el sentido de que todas las personas serán salvas sin importar si alguna vez confían en Cristo. No hay salvación fuera de Jesucristo (Hechos 4:12). Pero la expiación de Jesús es universal (Romanos 5:18).

Las Escrituras muestran que Dios, en Cristo, ha reconciliado a todos los seres humanos consigo mismo (Colosenses 1:20), pero él nunca forzará a ninguna persona a abrazar esa reconciliación. El amor no puede ser impuesto.

Dios quiere hijos e hijas que lo amen como gozosa respuesta a su amor, no zombis que no tienen mente o capacidad de elección por sí mismos. Como ha sido revelado en Jesucristo, en lo más profundo de su ser, Dios es amor, y en Dios las Personas de la Trinidad se relacionan unas con otras en la libertad del amor.

Esperar que todas las personas finalmente vengan a Cristo no es universalismo, es simplemente cristiano y refleja el corazón de Dios ( 1 Timoteo 2:3-6; 2 Pedro 3:9). Sin embargo, no podemos afirmar conocer si todas las personas vendrán finalmente a la fe.

Si estamos incluidos ya, ¿por qué esforzarnos por vivir la vida cristiana?
A algunas personas no les gusta la idea de que otras, que no trabajan tanto como ellas, acaben con la misma recompensa (Ver la parábola de los obreros en la viña en Mateo 20:12-15). Pero esta preocupación ignora la verdad que nadie, sin importar lo mucho que se esfuerce, merece la salvación. Esa es la razón por la que es para todos un don gratuito.

Sin embargo, en las Escrituras aprendemos que nuestra participación ahora en el amor y la vida de Jesús produce buenos frutos y gozo personal que se extiende hasta la eternidad. Vivir en caminos malignos produce dolor, angustia y miseria a uno mismo y a otros. Es por eso que Dios no quiere que vivamos de esa forma. Considera los siguientes pasajes: 1 Corintios 3:11-15: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego”.

Gálatas 6:7-8: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna”.

¿Y la misión cristiana? Si todos están incluidos ya en el amor y la vida de Dios por medio de Jesús, ¿por qué preocuparnos por la misión cristiana de proclamar el evangelio al mundo y hacer discípulos para Jesús?
Es la unión de Jesús con cada uno de nosotros lo que provee la base y el fundamento para cada aspecto de nuestra vida, incluyendo nuestra participación en la misión, y el ministerio con Jesús.

El amor de Cristo nos compele a tomar parte en lo que Jesús está haciendo en el mundo por medio del Espíritu. Declaramos el evangelio e invitamos a todas las personas a recibirlo y a abrazarlo. Al hacerlo, esperamos que lo que es en verdad de ellos ya, en un sentido objetivo, será experimentado por personalmente, en un sentido subjetivo.

¿Cómo explicamos Juan 6:44?
Juan 6:44 dice: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere…”.

Los líderes judíos estaban buscando repeler la afirmación aparentemente vergonzosa de Jesús: “Yo soy el pan que descendió del cielo” (6:41). Esta afirmación era igual a afirmar estatus divino. Y la respuesta de Jesús ante la queja de los líderes judíos por su afirmación fue “que dejaran de murmurar” (versículo 43), y se dieran cuenta de que “ninguno puede venir a mí [el pan del cielo que da verdadera vida], si el Padre que me envió no le trajere…” (versículo 44).

El punto de Jesús es que las personas no estarían respondiendo, excepto que Dios estuviera haciéndolo posible para ellas.

En este pasaje Jesús no está limitando el número de personas que vienen a él, está mostrando que está haciendo la obra del Padre. Jesús dijo en Juan 12:32: “Pero yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo”. Y como Jesús hace solo lo que su Padre quiere, Juan 12:32 muestra que el Padre, de hecho, atrae a todas las personas a Jesús.

Si todo el cosmos está incluido, ¿por qué hay todavía maldad en el mundo?
La plenitud del reino de Dios no llegará hasta la Segunda Venida de Cristo. Como Pedro predicó en el día de Pentecostés: “Por tanto, arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados; de modo que de la presencia del Señor vengan tiempos de refrigerio y que él envíe al Cristo, a Jesús, como prometió hace mucho por medio de sus santos profetas” (Hechos 3:19-20).

Mientras tanto encontramos seguridad en las palabras de Jesús: “En este mundo tendréis aflicción, pero animaos, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

¿Cómo se compara esta teología con el calvinismo y el arminismo?
Al comparar y contrastar las teologías cristianas, estamos hablando sobre diferentes perspectivas entre hermanos y hermanas en Cristo que buscan servir al mismo Señor. Así nuestra discusión debe reflejar respeto y cordialidad, ni arrogancia u hostilidad.

El calvinismo es una teología que se desarrolló de las enseñanzas del reformador protestante, Juan Calvino (1509-1564). El calvinismo enfatiza la soberanía de Dios en la elección y salvación. Muchos calvinistas definen a los “elegidos” de Dios con un grupo de la raza humana; Cristo murió solo por algunas personas (“expiación limitada”).

Aquellos por los que él murió, sin embargo, fueron verdadera y efectivamente salvados en la obra acabada de Cristo, mucho antes de que ellos fuesen conscientes de ello y lo aceptaran. De acuerdo a la doctrina calvinista, es inevitable que aquellos por los que Cristo murió vengan a la fe en él en algún momento. A eso se le llama “la gracia irresistible”.

El desacuerdo principal de la teología Trinitaria con el calvinismo es sobre el alcance de la reconciliación. La Biblia afirma que Cristo hizo expiación “no solo por nuestros pecados, sino por los de todo el mundo” (1 Juan 2:2). Y aunque la teología Trinitaria rechaza la extensión restrictiva de la “expiación limitada” y el determinismo de la “gracia irresistible”, está de acuerdo con el Calvinismo en que el perdón, la reconciliación, la redención, la justificación, etc., se llevaron a cabo efectivamente por lo que Cristo hizo. Estas verdades del evangelio no tienen nada que ver con lo que hacemos o no.

El arminismo deriva sus enseñanzas de otro reformador protestante, Jacobo Arminio (1560-1609). Arminio insistió en que Jesús murió por toda la humanidad, y que todas las personas pueden ser salvas si toman la acción personal necesaria que es posibilitada por el Espíritu.

Esta teología, aunque sin ignorar la soberanía de Dios, tiende a descansar en la decisión humana y en el libre albedrío. Su premisa es que la salvación, el perdón, la reconciliación, la redención, la justificación, etc., no son en realidad efectivas hasta que la persona tiene fe.

La teología Trinitaria difiere del arminismo sobre la efectividad de la reconciliación. Para los arminianos la expiación, o la reconciliación entre Dios y la humanidad, es solo una posibilidad hipotética, no se convierte en una realidad efectiva hasta que la persona toma la decisión en fe. La teología Trinitaria, sin embargo, enseña que la expiación y la reconciliación es objetivamente verdad, incluso antes de que haya sido subjetivamente aceptada y experimentada.

Mientras que el calvinismo y el arminismo enfatizan diferentes aspectos de la teología de la salvación, la teología Trinitaria ha pretendido, como lo hicieron los padres de la iglesia Ireneo, Atanasio y Gregorio, mantener en armonía la amplitud de la salvación, enfatizada por los arminianos, con la efectividad de la misma, enfatizada por los calvinistas.

¿Qué es la perichoresis?
La comunión eterna de amor que el Padre, el Hijo y el Espíritu comparten como la Trinidad encierra un misterio de interrelación e interpenetración de las Personas divinas, un habitar mutuo sin perder la identidad personal.

Como Jesús dijo: “…el Padre está en mí, y yo en el Padre” (Juan 10:38). Los primeros teólogos cristianos griegohablantes describieron esta relación con la palabra perichoresis, que se deriva de las palabras raíces que significan alrededor y contener. Cada persona de la Trinidad es contenida dentro de las otras. Habitan las unas en las otras.

Puntos sobre la exégesis bíblica
En este folleto hemos tratado de contestar a las preguntas y objeciones típicas que surgen cuando las personas consideran la Teología Trinitaria.

Sin duda, hay otros versículos que traen preguntas u objeciones similares. Lo que hemos tratado de hacer en este folleto es demostrar una perspectiva Trinitaria centrada en Cristo para leer e interpretar todos los pasajes de las Sagradas Escrituras.

Algunos objetan ante la idea de interpretar las Escrituras. Dicen: “Yo dejo que la Biblia diga lo que significa”. Esta idea, aunque admirable, no es sostenible. El mismo acto de leer es, necesariamente, un acto de interpretación. El tema no es interpretar o no interpretar, sino ¿qué criterio usamos en nuestra interpretación al leer?

Siempre llevamos a las Escrituras ciertas ideas y presuposiciones. Lo que estamos urgiendo aquí es que vallamos a las Escrituras con la verdad de quien es Jesucristo como el punto inicial y el criterio continuo por el que leemos e interpretamos las Sagradas Escrituras. Jesús debe ser la “lente” a través de la que se lee toda la Escritura.

Por lo tanto, al leer las Escrituras, recomendamos pensar en las siguientes preguntas:

¿Cómo este pasaje se alinea con el evangelio que contesta a la pregunta quién es Jesús?

¿Está este pasaje refiriéndose a la salvación universal, objetiva de toda la humanidad en Jesús, o se está refiriendo a la experiencia personal, subjetiva de aceptar o negar esa salvación?

¿Cuál es el contexto histórico, cultural y literario?

¿Cómo está este pasaje escrito en otras traducciones? Otras traducciones nos pueden ayudar a ver los pasajes desde perspectivas diferentes.

También es útil comprobar diccionarios de griego y otras ayudas de traducción, porque algunas de las riquezas y las sutilezas del texto en griego del Nuevo Testamento se pierden en las traducciones a otras lenguas.

Para una guía a la exégesis bíblica puede que encuentres útil consultar:

How to Read the Bible for All its Worth (¿Cómo leer la Biblia por todo su valor?) por Gordon D. Fee y Douglas Stuart (Zondervan, 1981, 1993) o Elements of Biblical Exegesis: A Basic Guide for Students and Ministers (Elementos de la Exégesis Bíblica: Una Guía Básica para Estudiantes y Ministros de Michael Gorman, (Hendrikson, 2009).

Puntos claves de la Teología Trinitaria centrada en Cristo

A continuación hay algunos aspectos básicos de la teología presentada en este folleto:

El Dios Unitrino creó a todas las personas para participar, por medio de la humanidad vicaria de Jesucristo, en la relación de amor gozada por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

El Hijo se convirtió en humano, el hombre Jesucristo, para reconciliar a toda la humanidad con Dios por medio de su nacimiento, vida, muerte, resurrección y ascensión.

El Jesús crucificado, resucitado y glorificado es el representante y el substituto de toda la humanidad a la derecha del Padre, y él atrae a todas las personas a sí mismo por el poder del Espíritu Santo.

En Cristo la humanidad es amada y aceptada por el Padre.

Jesucristo pagó por todos nuestros pecados, pasados, presentes y futuros, y ya no hay ninguna deuda que pagar.

El Padre ha perdonado todos nuestros pecados en Cristo, y está deseoso de que nos volvamos a él.

Podemos gozar de su amor solo cuando creemos que él nos ama. Podemos gozar de su perdón solo cuando creemos que él nos ha perdonado.

Cuando respondemos al Espíritu Santo volviéndonos a Dios, creyendo las buenas noticias y tomando nuestra cruz y siguiendo a Jesús, el Espíritu nos guía a la vida transformada del reino de Dios.

Recomendaciones sobre recursos para un estudio más amplio
Para profundizar en el estudio de la Teología Trinitaria centrada en Cristo recomendamos los siguientes recursos.

Libros
Karl Barth, Dogmatics in Outline (Harper & Row, 1959; 130 páginas)                    Karl Barth, Evangelical Theology: An Introduction (Eerdmans, 2000; 210 páginas)
Graham Buxton, Dancing in the Dark (Paternoster, 2001; 310 páginas)
Robert F. Capon, Kingdom, Grace, Judgment (Eerdmans, 2002; 522 páginas)
Elmer Colyer, How to Read T.F. Torrance (InterVarsity, 2001; 393 páginas)
Gerrit Scott Dawson, editor, An Introduction to Torrance Theology, (T&T Clark, 2007, 179 páginas)
Trevor Hart, Faith Thinking: The Dynamics of Christian Theology (Wipf & Stock, 2005; 248 páginas)
George Hunsinger, How to Read Karl Barth: The Shape of His Theology (Oxford University Press, 1993; 320 páginas)
Michael Jinkins, Invitation to Theology (InterVarsity, 2001; 278 páginas)
C. Baxter Kruger, The Great Dance (Regent, 2000; 121 páginas)
Paul Louis Metzger, The Word of Christ and the World of Culture: Sacred and Secular Through the Theology of Karl Barth (Wipf & Stock, 2005; 252 páginas)
Paul D. Molnar, Thomas F. Torrance (Ashgate, 2009; 382 páginas)
James B. Torrance, Worship, Community and the Triune God of Grace (InterVarsity, 1996; 130 páginas)
Thomas F. Torrance, The Mediation of Christ (Helmers & Howard, 1992; 126 páginas).

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