
Cartas a los lectores

Madrid, 28 de abril de 2026
Estimados amigos, queridos y fieles hermanos en Cristo, colaboradores y lectores de Verdad y Vida:
Junto con el pequeño pero fiel equipo de voluntarios que, con la imprescindible, incondicional y generosa ayuda de Dios, hace posibleVerdad y Vida, nuestra página Web, www.comuniondelagracia.es, que en este año ya ha recibido hasta ahora más de de 7.700 visitas, y en total más de 200.100, y todos los demás aspectos del ministerio de la Comunión Internacional de la Gracia (CIG), mi esposa y yo deseamos y pedimos que estéis bien de salud, llenos de fe, esperanza y amor, y de confianza en la promesa de nuestro Dios que nos dijo: “Nunca te dejaré; jamás te abandonaré” (Hebreos 13:5). Esta es una promesa que procede de Deuteronomio 31:6. De hecho, ahora el Dios Unitrino vive en aquellos que creemos, hemos aceptado y recibido lo que nos ha dado y nos ha hecho ser en Jesucristo: “―El que me ama obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra morada en él. El que no me ama no obedece mis palabras. Pero estas palabras que oís no son mías, sino del Padre, que me envió” (Juan 14:23-24).
Es con gran tristeza que os comunicamos que este ejemplar hemos tenido que dejar de enviarlo a cerca de un 50% de los subscriptores porque han venido ignorando la repetida advertencia de que para poder continuar enviándoles Verdad y Vida tenían que enviarnos el Formulario del Consentimiento del uso de sus datos. Algo que la Agencia Española de Protección de Datos, (AEPD), y el Comité Europeo de Protección de Datos, (CEPD), nos exige tener de cada subscriptor.
Ya que un buen número de nuestros subscriptores son personas mayores, quizás sea la desconfianza la que les haya llevado a no enviarnos el documento requerido, pues todos los días los medios de comunicación nos están incitando a desconfiar de todo y de todos con el manipulado y exagerado ejemplo de los hurtos, estafas y engaños que se perpetran contra algunos ancianos. Pero pueden ser otras causas diversas.
Permitidme que en esta carta circular reflexionemos en ¿por qué nos cuesta tanto trabajo a los seres humanos seguir las direcciones dadas, aceptar la instrucción o la corrección? Y lo admito, yo creo que, a veces, también actúo así. Lo noto especialmente cuando mi esposa me dice que no sea testarudo. Es posible que también te lo haya dicho a ti alguien.
El no seguir las directrices dadas, no aceptar la instrucción o la corrección, no es algo solo de ahora, sino que fue algo ya desde los primeros albores del ser humano. No hizo falta mucho engaño para que los primeros padres desobedecieran las claras instrucciones de su Hacedor. Las instrucciones eran directas y simples: “…y le dio este mandato: «Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer. El día que de él comas, ciertamente morirás»” (Génesis 2:16-17). No creo que tuvieran dificultad en entender las instrucciones. Pero el ser humano, en la mayoría de las ocasiones, cree que tiene un mejor camino y, por lo tanto, que nadie le venga a imponer su voluntad.
En poco tiempo llegó el engañador, el adversario, Satanás, disfrazado de serpiente para termi-nar de convencerlos de que dejaran de seguir las instrucciones de su Creador: “―¿Es verdad que Dios os dijo que no comierais de ningún árbol del jardín?”, empezó con un bulo para que la mujer comenzara a pensar si Dios en verdad quería lo mejor para ellos. Eva le contestó: “―Podemos comer del fruto de todos los árboles —respondió la mujer — Pero, en cuanto al fruto del árbol que está en medio del jardín, Dios nos ha dicho: “No comáis de ese árbol”.
Hasta aquí todo iba medianamente bien, pero por lo que añadió, a lo dicho por Dios, podemos ver que ya estaba la semilla de la desconfianza sembrada en el corazón de la mujer: “… ni lo toquéis; de lo contrario, moriréis”. Entonces el adversario, apeló a la vanidad humana y ayudó a que Eva pensara: ¿Quién me va a decir a mí lo que está bien y lo que está mal? ¿No es eso lo que pensamos, en ocasiones, cuando alguien nos corrige o da alguna instrucción? Así que Satanás solo tuvo que seguir con su retahíla de mentiras hasta tener a la mujer en su campo de juego:“―¡No es cierto, no vais a morir! Dios sabe muy bien que, cuando comáis de ese árbol, se os abrirán los ojos y llegaréis a ser como Dios, conocedores del bien y del mal”.
Ahora la mujer empezó a dejarse llevar por la vanidad y por la apariencia externa de las cosas, sin razonar en las consecuencias que Dios le había dicho que tendría el no fiarse (desconfiar, no tener fe) en él: “La mujer vio que el fruto del árbol era bueno para comer, y que tenía buen aspecto y era deseable para adquirir sabiduría, así que tomó de su fruto y comió. Luego le dio a su esposo, y también él comió” (Génesis 3:1-6).
Si hubiesen ido a buscar la ayuda de Dios, estarían haciendo lo que se esperaba que hiciesen en caso de ignorar sus instrucciones. Pero no, lo que hicieron fue esconderse y preparar una justificación delante del Señor. Así que Dios vino a ellos y les preguntó: “¿Acaso has comido del fruto del árbol que yo te prohibí comer?”. ¿Cuál fue la reacción de cada uno de ellos?: No reconocer su error, tratar de salirse por la tangente y culpar a otro cualquiera: “Él respondió: ―La mujer que me diste por compañera me dio de ese fruto, y yo lo comí. Entonces Dios el Señor le preguntó a la mujer: ―¿Qué es lo que has hecho? ―La serpiente me engañó, y comí —contestó ella”. ¿No es precisamente eso lo que, a veces, más de las que queremos, hacemos cada uno de nosotros cuando no seguimos las instrucciones dadas para nuestro bien y crecimiento, ya sea material o espiritual?
¿Qué tenemos que hacer para cambiar esa actitud de testarudez y de buscar siempre salirnos por la tangente sin asumir nuestra responsabilidad? Primero, tenemos que admitir que esa forma de reaccionar no nos ayuda a crecer de manera alguna, ya sea en nuestra relación conyugal, con nuestros hijos, con nuestros compañeros de trabajo, de escuela, del instituto o de la universidad, con nuestros jefes, ni tampoco con los demás hermanos en Cristo, y menos aún, y lo que es más importante, no nos ayudará a fortalecer y profundizar nuestra relación con nuestro Salvador, Jesucristo. Iremos por la vida asqueados porque no alcanzamos aquello que deseamos, anhelamos y queremos en todos los órdenes de nuestra vida.
Segundo, tenemos que ser más humildes, como el apóstol Pablo nos instruye a hacer: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo” (Filipenses 2:3). Este es un buen medicamento para esta enfermedad porque, al fin y al cabo, en el fondo, el problema es el orgullo y vanidad personal.
Una escritura que tuvo, y sigue teniendo, un gran impacto en mí desde que la leí por primera vez, quizás con dieciocho años, fue lo que afirmó el gran rey de Israel y profeta, David: “Que el justo me castigue, será un favor, y que me reprenda será un excelente bálsamo que no me herirá la cabeza” (Salmo 141:5 Reina Valera 1960). David cometió muchos pecados y errores graves, pero estuvo siempre dispuesto a reconocer su error y aceptar con prontitud la corrección. Dios quiera que estemos nosotros siempre dispuestos a hacer lo mismo. Perdonad, porque esta vez, en la carta me ha salido, quizás demasiado, la vena de predicador.
El pequeño, pero fiel equipo de colaboradores directos en nuestro ministerio, mi esposa y yo deseamos y pedimos que Dios nos llene de humildad y nos ayude siempre a recibir las instrucciones con prontitud. Recibid un afectuoso abrazo fraternal con amor en Cristo de parte de mí esposa y mía.
Pedro Rufián Mesa
Director-Editor de Verdad y Vida
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