Lázaro y el rico


Una historia de incredulidadd

Lázaro y el Rico

Mike Feazell

                                                                           

por J. Michael Feazell

 

 

¿Has escuchado a alguien decir que Dios no puede salvar a aquellos que no creyeron en Él antes de morir? Esa es una doctrina cruel y destructiva, y su “prueba” es un solo versículo en la parábola conocida como “Lázaro y el rico”. Pero como todas las cosas en las sagradas escrituras, la parábola del rico y Lázaro pertenece a un contexto específico dentro del cual debe entenderse.

Nunca es una buena idea basar una doctrina en un solo versículo, especialmente si éste es un versículo dentro de una historia cuyo propósito es enseñar un concepto totalmente diferente.  Jesús contó la parábola de Lázaro y el rico por dos razones: 1) para exponer y condenar a los líderes de Israel que se negaban a creer en él, y 2) para confrontar las creencias populares de que las riquezas son una señal del favor de Dios y que la pobreza es una prueba de su rechazo.

La revelación esencial de esta historia es que existe alguienque cruza los abismos para salvar a los pecadores.

Lázaro y el rico es la última de cinco parábolas que Jesús contó en respuesta a un grupo de fariseos y escribas quienes, siendo amantes del dinero y de la presunción, estaban enojados por el hecho de que Jesús les daba la bienvenida a los pecadores y comía con ellos (Lucas 15:1 y 16:14).  Primero, Jesús contó tres parábolas: la oveja perdida, la moneda perdida, y el hijo perdido.

Al contar estas parábolas, Jesús quería que los recolectores de impuestos y los pecadores, así como los fariseos y escribas disgustados, quienes creían que no tenían necesidad del arrepentimiento, supieran que “así es también en el cielo: habrá más alegría por un solo pecador que se arrepienta, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse” (Lucas 15:7).  Pero aún hay más.

El amor al dinero, un obstáculo entre Dios y el hombre

Jesús pasa a la cuarta historia, la parábola del administrador astuto (Lucas 16:1-14).  La lección es ésta: si amamos el dinero, como lo amaban los fariseos, entonces no amamos a Dios. Jesús entonces les dijo claramente a los fariseos: “Vosotros pasáis por buenos delante de la gente, pero Dios conoce vuestros corazones; y lo que los hombres tienen por más elevado, Dios lo aborrece” (versículo 15).

Jesús les dijo que la ley y los profetas eran testigos de que el reino de Dios había llegado y que todos se esforzaban por entrar en él (versículos 16-17).  Lo que quería decir era: “ya que amáis las cosas de los hombres y no las de Dios, estáis rechazando el llamado urgente de Dios a entrar a su reino, lo cual solo podéis  hacer por medio de mí”.

Luego, en el versículo 18, Jesús insinuó que los líderes religiosos judíos se habían “divorciado” de la ley y los profetas, que daban testimonio de Jesús, y al hacerlo habían rechazado a Dios. (Compare con Jeremías 3:6). Enseguida, comenzando en el versículo 19, dentro del contexto de las cuatro parábolas previas, Jesús contó la historia de Lázaro y el rico.

Una historia de incredulidad

En esta historia hay tres personajes.  Primero está el rico, quien representa a los fariseos que aman al dinero. Después sigue Lázaro, el miserable pordiosero quien representa a una clase de personas despreciadas por los fariseos. Finalmente está Abraham, cuyo seno o regazo era un símbolo judío de consuelo y paz en la vida después de la muerte.

En la historia, el pordiosero Lázaro muere.  Pero Jesús sorprende a quienes lo escuchan al decir que “fue llevado por los ángeles al seno de Abraham” (versículo 22, versión Reina-Valera 1960).  Esto es exactamente lo contrario de lo que los fariseos esperaban que pasara con un hombre como Lázaro.  Ellos creían que las personas como Lázaro,  eran mendigos pobres y enfermos porque estaban bajo una maldición de Dios, y por lo tanto creían que tales personas serían atormentadas en el Hades cuando murieran.

Jesús les estaba diciendo: “Así no son las cosas, vuestro mundo está al revés.  No sabéis nada del reino de mi Padre. No sólo estáis equivocados sobre lo que siente mi Padre por este mendigo, sino que también estáis equivocados sobre lo que mi Padre siente por vosotros”.

Jesús termina de sorprenderlos al decirles que el rico también murió y fue sepultado, pero él, y no el mendigo, fue quien encontró tormento en el Hades. El rico levantó su vista y a lo lejos vio a Abraham con nada más ni nada menos que Lázaro en su regazo. El rico gritó: “Padre Abraham, ten compasión de mí y manda a Lázaro que moje la punta del dedo en agua y me refresque la lengua, porque estoy sufriendo mucho en este fuego” (versículos 23-24).

Pero Abraham tenía otra sorpresa guardada para el rico.  Le dijo, en esencia: “Toda tu vida amaste las riquezas y no tuviste tiempo para las personas como Lázaro.  Bueno, ahora yo tengo tiempo para aquellos como Lázaro, y él está aquí conmigo, y tú no tienes nada”.  Y sigue el versículo que tan frecuentemente es arrancado de su contexto: “Pero además hay un gran abismo abierto entre nosotros y vosotros; de modo que los que quieren pasar de aquí ahí, no pueden, ni los de ahí tampoco pueden pasar aquí” (Lucas 16:26).

De ahí a aquí

¿Te has preguntado alguna vez como alguien podría pasar de “aquí para allá”?  Es claro por qué alguien quisiera cruzar de “allá para acá”, pero “de aquí para allá” no tiene sentido. ¿No es así?  La primera palabra que Abraham le dijo al rico fue “hijo” (versículo 25), para luego decirle que ni siquiera quienes quisieran llegar a él podían hacerlo ya que existía un gran abismo que los dividía.

Pero la revelación esencial de esta historia, de hecho, es que existe alguien que cruza los abismos para salvar a los pecadores.

El Puente que cruza el abismo

Dios dio a su Hijo por todos los pecadores; no solamente por los pecadores como Lázaro, sino también por aquellos como el rico (Juan 3:16-17).  Pero el rico, quien es un símbolo de los fariseos y escribas quienes se unieron para condenar a Jesús, no quería al Hijo de Dios.  El rico quería lo que siempre había querido: su propia comodidad a costa de los demás.

La historia de la condenación de la incredulidad de los fariseos por Jesús concluye con el hombre rico pidiendo que alguien avise a sus hermanos para que no vayan al lugar de tormento donde él está.  Pero Abraham le aclara que “Ya tienen a Moisés y a los profetas; ¡que les hagan caso a ellos! (Ver versículos 16-17) ya que la Ley y los Profetas son un testimonio de Jesús, un testimonio que decidieron rechazar (compare Juan 5:45-47 y Lucas 24:44-47).

“No les harán caso, padre Abraham” respondió el rico, “en cambio, si se les presentara uno de entre los muertos, entonces sí se arrepentirían” (Lucas 16:30). Abraham le respondió: “Si no les hacen caso a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán aunque alguien se levante de entre los muertos” (versículo 31).

Y así fue; no se convencieron.  Los fariseos, escribas, y sumos sacerdotes quienes conspiraron para hacer crucificar a Jesús también conspiraron para hacer que los soldados mintieran sobre su resurrección (Mateo 27:62-66), y procedieron a perseguir y matar a los creyentes.

Lázaro y el Rico.2                                                                         Perdiendo de vista la revelación principal

Jesús no contó esta parábola para darnos una imagen del cielo y el infierno.  Más bien es una parábola de juicio contra los líderes incrédulos de su tiempo así como para las personas ricas de todos los tiempos que son crueles y egoístas.  Jesús usó las creencias judías comunes sobre la vida después de la muerte (el Hades para los malvados y el “estar con Abraham” para los justos) como un fondo literario para enseñar esta lección.  En esta parábola Jesús no estaba comentando sobre la validez o precisión de las creencias judías sobre la vida después de la muerte; simplemente estaba usando tales creencias como un escenario para su historia.

El enfoque de Jesús no era el satisfacer nuestra curiosidad sobre cómo pueden ser el cielo y el infierno.  Su prioridad es compartir con nosotros los secretos de Dios (Romanos 16:25); Efesios 1:9, etc.), el misterio de los siglos (Efesios 3:4-5) de que Dios ya ha reconciliado al mundo consigo mismo, en y por medio de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado (2 Corintios 5:17-19). Y desea que el ser humano acepte esa realidad y vuelva a Dios y lo acepte como Padre amoroso.

Nuestra preocupación por los detalles de la vida después de la muerte solamente nos aleja del concepto que el hombre rico de esta historia no podía entender: Creer en Aquel que resucitó de entre los muertos.

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