Muriendo y viviendo diariamente con Jesús


Publicado por vez primera en el GCI Weekly Update – 2 de Septiembre de 2015 From the President

                              por Joseph TkachjoeandtammyTkach

 

Queridos hermanos:

La hermana de mi padre, la tía Lil, era la hija menor de mis abuelos, y la esposa de mi tío Art. Yo estaba en la casa de mi tía Lil cuando murió. Recordar a mi tío Art me hace llorar. Un veterano de la Segunda Guerra Mundial, sosteniendo a Lil en sus brazos, llorando y declarando una y otra vez: “¡Mi querida esposa, cariño, amor! Te echaré de menos!”.

En lo años siguientes Art me dijo que la muerte de Lil estaba en su mente cada día. En sus últimos años, vivió hasta los 86, me dijo que todos sus amigos estaban muriendo y que cada semana parecía que había un funeral. Afirmó que sentía que “moría cada día”. El apóstol Pablo dijo algo similar con respecto a los peligros que enfrentó sirviendo a Cristo: “¡Cada día muero!” (1 Corintios 15:31).

Morir con Jesús no sea probablemente nuestro primer pensamiento cada mañana. En su lugar, quizás pensemos en vivir con él. Pero de acuerdo a Pablo, los dos conceptos no son tan diferentes: “He sido crucificado con Cristo”, escribió, “y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí” (Gálatas 2:20).

Morir diariamente con Jesús

Probablemente conocerás el espiritual negro ¿Estabas allí cuando crucificaron a mi Señor? La respuesta, es sí, lo estábamos. De hecho, todos estábamos, porque cuando Jesús murió, todos morimos con él. Aunque esa idea parece no tener sentido al principio, lo tiene cuando consideramos que toda la humanidad puede ser incluida en la vida de aquel que nos creó. La verdad del evangelio es que todas las personas están incluidas en la humanidad sustitutoria y representativa de Jesús. (Romanos 5:12-17). Eso significa que tenemos parte en lo que Jesús hizo por medio de su muerte para limpiarnos del pecado y conquistar el sepulcro, y en lo que hizo, y continua haciendo a través de su vida para  garantizarnos nueva vida y al final

Diying and Living with Jesus-Christ crucified

Hecho Está por Liz Lemon Swindle

(usado con permiso)

la gloria (Efesios 2:6; Colosenses 2:13; 3:1). La historia de Jesús es la nuestra, y a medida que abrazamos y vivimos en esa realidad empezamos a experimentar todos los beneficios de lo que Jesús ha hecho y está haciendo ahora en nuestro beneficio. Sí, compartimos el dolor y la tristeza de su crucifixión, pero también el fruto de su vida fiel que lleva a su resurrección y ascensión a gloria.

Varias escrituras nos exhortan a tomar nuestra cruz y morir diariamente a nosotros mismos para que podamos vivir con Jesús y por ello producir el fruto de su justicia (ver Marcos 8:35; Juan 12:24; Romanos 6:1-13; 1 Pedro 2:24). Morir diariamente significa dar muerte a los hechos de la carne y volver a enterrar el egoísmo en el sepulcro. Cuando alguien me ofende, trato de recordar que morí en Cristo hace muchos años y que, por lo tanto, las palabras y los individuos no pueden herirme más. Porque Jesús murió por mí, yo estoy dispuesto a morir con él hoy y todos los días. Ese morir diario a mí mismo y al pecado no significa el fin de mi personalidad, sino el principio para convertirme en aquel que Dios me creo para que fuera.

Solo Cristo tiene verdadera vida para nosotros. Solo su voluntad para nosotros lleva a la verdadera libertad. Vivos con Cristo, recibimos libre y alegremente lo que él da, ni más ni menos. La vida en Cristo significa la transformación de la voluntad y el corazón que nos permite vivir y amar como Dios pretende que sea.

Esta transformación es un viaje con Jesús por el que, a través del Espíritu, nos convertimos más y más semejantes a Jesús. Como escribí reciente-mente, nos da una nueva identidad. A lo largo del camino, nuestra vieja identidad, en el primer Adán, muere; mientras nuestra nueva identidad en Cristo, el último Adán, se convierte más y más en la realidad definidora de nuestras vidas.

Estas dos identidades, o naturalezas, existen durante un tiempo lado a lado, compitiendo por nuestro tiempo y afectos. A menudo es una lucha, pero tenemos la responsabilidad de elegir que naturaleza seguiremos: la vieja con sus apetitos y orgullo, que lleva a la destrucción; o la nueva con su sacrificada voluntad a amar y servir a Dios y a las personas, que lleva a la vida verdadera y abundante.

Diying and Living with Jesus-Christ Risen

 

La Resurrección de Cristo por Noel Coypel, 1700

(Dominio público vía Wikimedia Commons)

Cristo promete guiarnos en este viaje, dándonos la fuerza para elegir al compartir con nosotros, por el Espíritu, su propia santificación. Encontraremos que unos pecados son más fáciles de olvidar que otros. ¡Algunos son más placenteros que otros!. Pero todos los pecados deben quedar atrás para que gocemos de la plenitud de la vida que Jesús está compartiendo con nosotros. Porque nos compró por un precio, nuestros cuerpos no son nuestros, pertenecen a aquel en quién y por quién vivimos.

En lugar de hacer lo que nos complace, en relación con Jesús buscamos hacer lo que le agrada a él. Eso nos lleva a descubrir que su camino es realmente el mejor. Entonces, sorprendentemente, su camino se convierte en agradable para nosotros. Este viaje con Jesús conlleva pensar y arrepentirse, sacrificio propio y paciencia. También significa ceñirnos a Jesús que siempre está con nosotros, viviendo en nosotros. Como es el caso, no nos convertiremos en perfectos instantáneamente, ni incluso gradualmente. Pero caminaremos hacia delante, compartiendo la vida nueva y abundante de Jesús mientras lo hacemos. Nota esta instrucción relacionada de Pablo:

  • “Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva .
  • “De la misma manera, también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús. Por lo tanto, no permitáis que el pecado reine en vuestro cuerpo mortal… ofreceros más bien a Dios como quienes han vuelto de la muerte a la vida, presentando los miembros de vuestro cuerpo como instrumentos de justicia” (Romanos 6:11-13).
  • “El amor de Cristo nos obliga, porque estamos convencidos de que uno murió por todos, y por consiguiente todos murieron. Y él murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió por ellos y fue resucitado”.

Se resume en conocer quién es Jesús, la verdad que señala a nuestra propia identidad como hijos muy amados de Dios. Ya no somos la vieja persona que fuimos una vez, nuestros pecados han sido perdonados, aquella vieja persona murió con Jesús. Ahora somos una nueva creación. Vivos con Cristo, el pecado no tiene poder para forzarnos a hacer su voluntad. Con Cristo en nosotros, podemos elegir lo que es correcto, lo que encaja con lo que nos estamos convirtiendo.

Abrazamos esta nueva identidad como “esclavos de la justicia”, obedeciendo a nuestro Señor Jesús porque queremos estar con él y recibir de él diariamente todo lo que tiene que darnos. Obedecemos por nuestra confianza o fe en él, y en sus buenos propósitos para nosotros. Sin temer ya la condenación, no tenemos temor de Dios, ahora lo vemos como nuestro Padre perfecto que nos ama tanto que envió a su Hijo a morir por nosotros. Porque Cristo vive ahora en nosotros, su amor por nosotros y por todas las personas nos impulsa a morir diariamente para poder unirnos a él en su activo ministerio de reconciliación (2 Corintios 5:14-21).

Unido a ti en morir y vivir con Jesús,

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