La “unción” del Espíritu


Publicado originalmente en el GCI Weekly Update – 8 de Junio de 2016 en From the President

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                                                                           por Joseph Tkach

Algunos cristianos tienen el hábito de usar frases con sonido extraño como: “El Señor me habló”, “mi lengua de oración”, “Dios me dio una palabra de conocimiento”, “el Señor ha puesto una carga en mi corazón”, y “Dios me ha dado la unción”. No estoy diciendo que tales frases sean erradas, ni es mi intención burlarme de ellas, pero quiero señalar que su uso tiende a menoscabar la comunicación bíblicamente precisa. En este artículo deseo centrarme en el uso (y mal uso) de la frase la unción.

En las Escrituras, la palabra unción se usa típicamente para referirse a una forma de confirmar una obra especial que Dios está haciendo en o por medio de una persona en particular. Las personas se ungen para sanidad, en preparación para el enterramiento, y cuando son consagradas (comisionadas) como un rey, un sacerdote o un profeta. A veces se señala que un sacerdote o profeta ungía a alguien para comisionarlo para el liderazgo, para transferir autoridad, y por ello poder, a aquel siendo ungido. Pero es importante notar que el que llevaba a cabo el ungimiento no tenía el control de ese poder —el ungimiento no era el equivalente a un rey muriendo pasando su gobierno a su sucesor. Más bien, la persona que ungía al rey, al sacerdote o al profeta, estaba apartándolo de una forma pública para confirmar que Dios había llamado verdaderamente a esa persona para una responsabilidad de liderazgo en particular. Por ejemplo, cuando el profeta Samuel ungió a David, estaba comisionándolo como rey, no transfiriéndole el Espíritu Santo a David.

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La Unción de David por Veronese (dominio público via Wikimedia Commons)

En Salmos 139:7-12, David muestra que Dios está presente en todas partes, que es omnipresente. Esto significa que el Espíritu no es alguna suerte de fuerza bajo nuestro control y que podemos transferir de una persona a otra por medio del ungimiento. Más aún, las Escrituras muestran que el Espíritu Santo no es una “fuerza” sino una “persona”—habla (Hechos 13:2), es contristado (Efesios 4:30), y tiene voluntad (1 Corintios 12:11). Recordar que el Espíritu es una persona divina omnipresente, nos guardamos contra falsas enseñanzas, incluyendo del uso incorrecto de la palabra unción.

Lamentablemente, la palabra unción se usa incorrectamente con frecuencia. Por un lado se usa mal para referirse a experiencias sujetivas como sentimientos “injustificados y sin control”. Por otro lado, se usa incorrectamente para referirse a una transferencia de poder (“recibir el Espíritu”) similar a dar otra ¡paletada de puré de patatas!

Esta forma incorrecta de pensar concluye que el Espíritu Santo no está presente hasta que se imponen las manos en una persona, o que una persona no puede tener el Espíritu Santo habitando en ella hasta que alguna acción se lleva a cabo, además de creer en el Hijo. Estas conclusiones son un triste error: ¡Dios no se fragmenta a sí mismo! Más aún, el ser y hacer de Dios no está condicionado, ni depende, ni está determinado por ejemplo por el uso de nuestras manos en una oración. No podemos afirmar estar “vivos en Cristo” y que él reside en nosotros, luego darnos la vuelta y afirmar que de alguna forma no está en nosotros. El apóstol Juan lo expresa de esta forma: “Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida” (Juan 3:34 RV1960).

Puede que algunos se sorprendan de aprender que la unción no conlleva una transferencia tangible de poder como si el ungimiento fuera como enchufar una televisión a un enchufe eléctrico. El poder del Espíritu no es un bien para ser comprado, negociado, cambiado o acceder a él como una forma física de poder. Más aún, no hay tal cosa como recibir una porción simple, doble o triple del Espíritu pensado que recibirle es como servirse una porción extra de comida en un plato. La Biblia nunca muestra a Jesús o a cualquiera de sus discípulos enseñando que podemos recibir tal “porción extra”. Lo que encontramos en las Escrituras es a un mago llamado Simón siendo reprendido por el apóstol Pedro por tratar de comprar una porción del poder del Espíritu (Hechos 8:9-24).

En este punto, alguien puede estar preguntándose sobre la historia de Eliseo en 2 Reyes 2, y la narración de Pentecostés en Hechos 2. Veamos la historia de Eliseo primero. 

Recordarás que el río Jordán fue dividido para el beneficio de Elías y Eliseo: “Cuando habían pasado, Elías dijo a Eliseo: Pide lo que quieras que haga por ti, antes que yo sea quitado de ti. Y dijo Eliseo: Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí. Él le dijo: Cosa difícil has pedido. Si me vieres cuando fuere quitado de ti, te será hecho así; mas si no, no” (2 Reyes 2:9-10)

La petición de Eliseo fue hecha de acuerdo a la terminología legal de Deuteronomio 21:17, que especifica que el primogénito recibía pî šnayim (“una doble porción”) de su patrimonio. Así que Eliseo no estaba pidiendo una doble porción de la unción de Elías, sino una doble porción de su espíritu, refiriéndose a ser doblemente heredero del puesto y los dones de Elías. Este es un caso de leer lo que no se dice realmente en las Escrituras por una interpretación excesivamente literal. Si alguien dice “me estás tomando el pelo”, sabes lo que está diciendo, no estás tomándole el pelo literalmente.

En Hechos 2, Lucas nos dice lo que sucedió en el día de Pentecostés siguiente a la ascensión de Jesús. En esa narración no se hace referencia a personas recibiendo una “porción” del Espíritu Santo. Ni Lucas nos dice que hubiese una transferencia de poder de una persona a otra. Al contrario, señala que Dios audible y visiblemente apartó a aquellos que estaban allí por medio del derramamiento del Espíritu. La palabra ungir no se usa siquiera en esa narración, aunque podemos verla legítimamente así, ya que la unción llegó directamente de Dios. Como Lucas menciona, cada uno oyó el sermón de Pedro en su propia lengua. Los escépticos acusaron a los participantes de estar ebrios (en nuestros días, unos pocos tratan de interpretar esto como estar “ebrios en el espíritu”, pero el texto no apoya tal idea). Pedro puso la situación en orden: “Porque éstos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día. Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: ‘Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán’” (Hechos 2:15-18).

Como Pedro señaló, este evento fue un cumplimiento de la profecía. Jesús había instruido a sus discípulos a que esperaran en Jerusalén y fueron bendecidos al hacerlo. Fue el nacimiento de la iglesia del Nuevo Testamento.

Finalmente, el que es supremamente el ungido es Jesús mismo. Su título, Mesías, se deriva de la palabra hebrea para ungido, y significa “el ungido”. “Cristo” es el mismo título en griego, derivado de la palabra para ungido. Las Escrituras muestran a Jesucristo como el cumplimiento de una forma total y final de los tres puestos para los que se ungía: como profeta, sacerdote y rey. Aunque en el Antiguo Testamento eran ungidas solo personas especiales para el servicio de Dios, en el Nuevo Testamento todos los creyentes reciben el ungimiento por el Santo (1 Juan 2:20).

Dios cumple su plan para nosotros adoptándonos como sus hijos por la obra de Jesús en el Espíritu Santo. Esa es una verdadera unción: nuestra participación en la propia unción de Jesús, por el Espíritu que él nos envía en nombre del Padre.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu.

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