Navidad: Salvación para todo el mundo

                                                    por Joseph Tkach

 

No tengáis miedo. Mirad que os traigo buenas noticias que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo. Hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto os servirá de señal: Encontraréis a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre’. De repente apareció una multitud de ángeles del cielo, que alababan a Dios y decían: ‘Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los que gozan de su buena voluntad’” Lucas 2:10-14).

En los días en que Jesús nació en Belén, hace más de dos mil años, vivía en Jerusalén un anciano devoto llamado Simeón. El Espíritu Santo le había revelado a Simeón que no moriría antes de haber visto el Cristo del Señor.

Un día el Espíritu Santo guió a Simeón a ir a los patios del templo, el mismo día que los padres de Jesús trajeron al bebé Jesús para cumplir los requerimientos de la Torah.

Cuando Simeón vio el bebé tomó a Jesús en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: “Según tu palabra, Soberano Señor, ya puedes despedir a tu siervo en paz. Porque han visto mis ojos tu salvación, que has preparado a la vista de todos los pueblos: luz que ilumina a las naciones y gloria de tu pueblo Israel” (Lucas 2:29-32).

Simeón alabó a Dios por lo que los escribas, los fariseos, los sumos sacerdotes y los maestros de la ley no podían comprender: El Mesías de Israel no era solo para la salvación de Israel, sino también para la salvación de todas las personas del mundo. Isaías lo había profetizado mucho antes: “No es gran cosa que seas mi siervo, ni que restaures a las tribus de Jacob, ni que hagas volver a los de Israel, a quienes he preservado. Yo te pongo ahora como luz para las naciones, a fin de que lleves mi salvación hasta los confines de la tierra” (Isaías 49:6).

Dios había llamado a los israelitas de entre las naciones y los separó como su propio pueblo especial por medio de un pacto. Pero no lo hizo solo por ellos, lo hizo por la salvación eventual de todas las naciones.

Cuando nació Jesús un ángel se apareció a un grupo de pastores que estaban guardando sus rebaños durante la noche. Como hemos visto antes lo que el ángel les dijo enfatizó que su venida era para todo el mundo. Después, describiendo el alcance de lo que Dios hizo a través de Jesucristo, el apóstol Pablo escribió: “Porque a Dios le agradó habitar en él con toda su plenitud y, por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la san-gre que derramó en la cruz” (Colosenses 1:19-20). Como Simeón había declarado del bebé Jesús en los patios del templo, por medio del mismo Hijo de Dios la salvación había llegado a todo el mundo, a todos los pecadores en todas partes, incluso a todos sus enemigos.

Pablo escribió a la iglesia en Roma: “A la verdad, como éramos incapaces de salvarnos, en el tiempo señalado Cristo murió por los malvados… cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros. Y ahora que hemos sido justificados por su sangre, ¡con cuánta más razón, por medio de él, seremos salvados del castigo de Dios! Porque si, cuando éramos enemigos de Dios, fuimos reconciliados con él mediante la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, habiendo sido reconciliados, seremos salvados por su vida!” (Romanos 5:6-10).

A pesar del fracaso de Israel para guardar el pacto que Dios hizo con ellos, y a pesar de todos los pecados de los gentiles, Dios, por medio del Jesucristo, llevó a cabo todo lo necesario para la salvación del mundo. Jesús era el Mesías prometido, el representante perfecto del pacto de los pueblos, y como tal, era también la verdadera luz a los gentiles, aquel por medio de quien Israel y todas las naciones han sido liberadas del pecado y llevadas a la familia de Dios.

Y esa es la razón por la que la temporada de Navidad es un tiempo para celebrar el gran regalo de Dios al mundo de su Unigénito, nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Permitirme que termine con una oración: “Amoroso Padre, gracias por tu visión para con la humanidad. Tú siempre tuviste en mente a todos los seres humanos, y tu gracia, a través de Jesucristo, se extiende a todos. Quiera que esta comprensión brille en nuestras celebraciones de su primera venida. ¡Amén! 

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