Otra conversación en avión

Publicado originalmente en el GCI Weekly Update del 8 de agosto de 2018 en  From the President

                                                                                                 por Joseph Tkach

Estoy medio convencido de que debería de escribir un libro titulado Transformado por las Conversaciones en Avión. Tengo dos razones: Primera, a lo largo de los años he tenido algunas conversaciones interesantes en aeroplanos con una gran variedad de personas, y a veces han sido sobre la fe cristiana. Segunda, la respuesta de algunas personas al compartir esas conversaciones en el pasado me lleva a desear compartir esta.

Aunque el cristianismo no es siempre el tema de mis conversaciones cuando viajo en avión a veces surgen, típicamente, cuando mi compañero de asiento me pregunta qué hago para ganarme la vida. Cuando respondo que soy un pastor cristiano, a menudo, la conversación termina rápidamente. Sin embargo, a veces continúa. Permitidme compartir con vosotros una de esas ocasiones.

Cuando el vuelo estaba despegando empecé a dar gracias a Dios privadamente porque la compañía me había colocado en primera clase, lo que significó un a-siento más confortable, algún vino y el almuerzo. Mis pensamientos fueron interrumpidos cuando el hombre sentado a mi lado se presentó a sí mismo como un abogado judío. Antes de que pudiera responderle la azafata empezó a servir el almuerzo. Primero nos trajo un coctel de marisco, lo que mostró que mi compañero de asiento no era un judío practicante—estaba comiendo su marisco tan rápido que decidí ofrecerle el mío. Se lo comió justo después de decirme que su doctor le había dicho ¡que redujera la ingesta de colesterol!

Mientras comíamos me preguntó qué hacía para ganarme la vida. Le contesté que era un pastor cristiano—esperando con seguridad que él contestaría con un silencio y yo volvería a ponerme mis auriculares y continuaría escuchando un viejo álbum de los Beatles. Pero para mi sorpresa, continuó la conversación, diciéndome que me respetaba por ser un pastor cristiano.

A medida que la conversación continuó, hablamos sobre nuestras comidas, vino, cerveza y música favoritos. Luego me hizo una pregunta que parecía proceder de ninguna parte, aunque yo sospecho que él deseó hacérmela tan pronto como mencioné que era cristiano. Él preguntó: “¿Qué razones me daría usted para que yo creyera que Dios existe?”. Aunque no había anticipado esa cuestión, le contesté rápidamente: “Permítame darle algunas razones”.

Pensando que probablemente era un agnóstico, al menos, empecé señalando que, desde mi perspectiva, aparte de Dios no hay explicación lógica, filosófica o razonable para todo lo que existe en el universo. Continué indicando que el ateísmo es una religión falsa ya que requiere el compromiso de una fe irracional para creer que la vida procede de lo inerte, y que todo vino a la existencia por sí mismo por casualidad, sin propósito alguno. Estaba de acuerdo en que la pregunta de la creación era muy importante para él.

Luego traté de ilustrar la naturaleza del ateísmo como una religión, mostrando que hace sus propias síntesis de fe y que tiene su propio ministerio evangelístico. Le mencioné los nombres de los dos apóstoles del ateísmo: Stephen Hawking y Lawrence Krauss; y sus “evangelistas” que aparecen fotografiados más abajo, de izquierda a derecha: Richard Dawkins, Sam Harris, Daniel Dennett y Christopher Hitchens.

En medio de nuestro toma y daca, señalé varios puntos con respecto al ateísmo, mencionando que su creencia en la casualidad ciega como el origen del universo inimaginablemente complejo, precisa de la   misma fe, o más, que creer en un Dios amoroso y soberano que lo creó todo.

También mencioné que el ateísmo vendido por Dawkins y sus asociados se centra principalmente en aquello que no cree y en el porqué odia la religión, especialmente el cristianismo. Aunque esa aproximación puede que satisfaga a algunas personas, no es suficiente para mí ni para muchos otros que hacen frente a los grandes misterios de la vida y la realidad.

Él preguntó por qué yo había concluido que el ateísmo era un punto de vista del mundo racional inadecuado. Le repliqué señalando que el ateísmo es incapaz de dar una explicación consistente para el origen y orden del universo.

Si un ateo argumenta que la materia es eterna, va en contra de la ciencia moderna que afirma que el universo tuvo un comienzo, y que está agotándose gradualmente. Si afirman que el universo tuvo un comienzo, entonces tienen que explicar qué causó ese inicio. En ambos casos, el ateísmo no puede explicar adecuadamente el universo y un mundo lleno de complejas formas de vida.

También afirmé que el punto de vista ateísta es incapaz de proveer las condiciones necesarias previas para explicar las leyes universales de la ciencia y la lógica. En pocas palabras, es incapaz de explicar las realidades significativas que las personas encuentran en la vida, especialmente teniendo en mente el punto de vista ateísta de que no tenemos libre albedrío y todas nuestras opciones son una ilusión.

Luego le señalé que el ateísmo no puede dar una base racional para determinar el bien y el mal, o la necesidad humana de estándares morales absolutos. Si no hay Dios—quién es por definición absolutamente bueno—entonces no hay estándares absolutos para juzgar que algo sea bueno o malo. Irónicamente, el ateísmo pone objeción a la existencia de Dios debido a la presencia del mal en el mundo, sin embargo, es incapaz de describir la diferencia entre el bien y el mal, y mucho menos dar una solución, al margen de Dios, para el problema del mal.

Mi compañero de asiento y yo tuvimos un interesante intercambio, y dijo que apreciaba la mayoría de mis puntos. Con-firmó que, aunque no era un ateo, tampoco seguía ninguna religión. Afirmó que es-taba investigando, y que sentía que no había encontrado el lugar correcto todavía.

Después se levantó de su asiento y se dirigió al baño. Mientras estaba allí sonó la alarma de humos. Inmediatamente fue interrogado para saber si había tratado de fumarse un cigarrillo en el baño. El sobrecargo del vuelo incluso me preguntó si yo lo había visto sosteniendo un cigarrillo cuando entró o salió del baño. Cuando se le permitió regresar a su asiento le dije que yo conocía un buen abogado judío, ¡si necesitaba uno! Al principio se rió, pero luego me preguntó a quién me estaba refiriendo. Se rió de nuevo cuando le repliqué que me estaba refiriendo a Jesucristo, aunque esta vez su sonrisa fue, de alguna forma, más amable.

Al desembarcar y proseguir nuestros caminos separados me pregunté qué pensaría cuando le mencioné a Jesús. No lo pude saber, aunque estoy feliz de haber tenido la oportunidad de hacerlo. De camino a la terminal vino a mi mente una cita de G. K. Chesterton: “Si no hubiese Dios, no habría ateos”. Esto es algo en lo que pensar.

Agradecido de que Dios se haya dado a conocer a nosotros y podamos compartir ese conocimiento con otros.

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