El relojero no tan ciego



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Johannes Maree      por Johannes Maree

A lo largo de los siglos las personas han creído que el diseño es evidente en la naturaleza, y por consiguiente se requiere un diseñador. Sin embargo, que no todo el mundo creía eso, es evidente en los escritos de Sócrates:  ¿”No es de admirar… que la boca, a través de la cual se ingiere la comida, esté tan cerca de la nariz y de los ojos para impedir el paso inadvertido de lo que no es apto para comer? Y  todavía dudas, Aristodemo, que una disposición de las partes como esta debe ser obra del azar, o de la sabiduría y la estrategia 1.

Sócrates veía diseño con propósito en todo lo que le rodeaba, mientras Aristodemo sólo veía el resultado del azar. Hace casi 3.000 años el Rey David de Israel escribió que los cielos declaran la gloria y la obra de Dios 2. Hasta la aparición de Darwin (mediados del siglo XIX) el argumento del diseño era cotidiano entre los científicos y los filósofos, y uno de los argumentos más conocidos del mismo fue presentado por el clérigo y filósofo, William Paley (1743-1805). La sección de  apertura del libro de Paley titulada “Teología Natural” comienza con el bien conocido argumento del “Relojero”. 

“Supongamos que cruzando un brezal golpeara mi pie contra una piedra y alguien me preguntara cómo llegó la piedra a estar ahí. Podría responder, que, a pesar de todo lo que yo pensara en contra, había estado ahí desde siempre. Tampoco sería muy fácil demostrar lo absurdo de esta respuesta.

Pero supongamos que me encontrara un reloj en el suelo, y me preguntaran cómo llegó el reloj hasta allí, difícilmente pensaría en la respuesta que había dado antes, es decir, que por lo que yo sabía el reloj podría haber estado allí siempre. Pero ¿por qué esta respuesta no serviría para el reloj tanto como para piedra; por qué no es tan admisible en el segundo caso como en el primero? Por esta razón y por ninguna otra, a saber, que cuando llegamos a inspeccionar el reloj percibimos, lo que no pudimos descubrir en la piedra, que sus distintas partes están armadas y unidas por un propósito. El mecanismo siendo observado requiere, sin lugar a dudas, de un examen del instrumento, y tal vez algún conocimiento previo del mismo, para  percibirlo y comprenderlo; pero una vez observado y entendido, como hemos dicho, creemos que la deducción es inevitable: que el reloj debe haber tenido un creador, que debió haber existido en algún momento y lugar un artífice o artífices que lo armaron para el propósito al que en realidad debe responder, que comprendieron su construcción y diseñaron su uso 3.

Las personas siempre han sido capaces de apreciar la analogía entre los sistemas vivos y las complejas máquinas diseñadas por el ser humano. La imposibilidad de imaginar cómo estas complejas máquinas humanas podrían sencillamente crearse y montarse a sí mismas por casualidad condujo a muchos teólogos y científicos de los siglos XVIII y XIX a rechazar categóricamente como inconcebible la posibilidad de que complejos organismos vivos pudieran ensamblar adaptaciones a través del azar ciego y sin dirección.

Complejidad irreducible                                                                                                                   Este es el punto central del argumento del “Relojero” de Paley. Muchos opositores afirmarán que el argumento de Paley ha sido refutado y, por consiguiente, lo descartan, pero en ningún lugar encontrarás que alguien haya rebatido su punto central realmente. El hecho es que si cualquiera de nosotros encuentra un reloj tirado en algún lugar, nunca afirmaremos que evolucionó por sí mismo, y estaremos de acuerdo en que una persona inteligente lo construyó en algún lugar.

Los científicos modernos como Michael Behe y Michael Denton han causado un gran revuelo, nuevamente, entre la comunidad científica, refutando la teoría de la evolución. Sus argumentos son que muchos de los sistemas biológicos en nosotros y a nuestro alrededor son irreduciblemente complejos y no pueden haber evolucionado paulatinamente, paso a paso, como promulgaba Darwin y la moderna teoría de la evolución.

Hay escritores que han propuesto que hay muchas analogías próximas entre los avances tecnológicos y la evolución por selección natural. Comparan, por ejemplo, la evolución biológica con la aviación y destacan la “evolución” del Boeing 747 desde el monoplano Bleriot de 1909, a través de todos los sucesivos avances y perfeccionamientos. Sin embargo, la analogía es completamente falsa y una tergiversación de la verdadera teoría de la evolución. Según la evolución, el avance de los organismos de simples a complejos se produce  únicamente por casualidad ciega, sin ningún propósito específico en mente. La “evolución” del aeroplano es totalmente lo opuesto. En ningún momento ninguna aeronave fue ensamblada, diseñada o perfeccionada por la casualidad ciega y sin dirección del azar. Detrás de todos sus aspectos hubo diseñadores inteligentes con visión.

El bioquímico Michael Denton mantiene que, después de 150 años, la gran afirmación del modelo Darwinista sigue sin probarse al día de hoy. Según Denton, ninguno de los dos axiomas fundamentales de la teoría de la macroevolución de Darwin han sido validados por un solo descubrimiento empírico o por un avance científico desde 1859 4: el concepto de continuidad en la naturaleza; es decir, la idea de un continuo funcional de todas las formas de vida enlazando a todas las especies juntas para, en última instancia, volver a una célula primitiva; y la creencia que todo el diseño adaptativo de la vida es el resultado de un proceso ciego y aleatorio.

Si se parece a un pato                                                                                                                     Muchos científicos se niegan a aceptar la evidencia del diseño. Mantienen que la ciencia es el estudio de sistemas complicados que dan la impresión de haber sido diseñados para un propósito. Este tipo de razonamiento plantea la cuestión de que, si parece un pato, ca-mina como un pato y grazna como un pato, ¿por qué no llamarlo un pato?

Richard Dawkins y otros muchos proponentes de la evolución, defienden  que no hay necesidad de un relojero divino, que el único relojero en la naturaleza son las fuerzas ciegas de la física.

Con eso quieren decir las leyes de la naturaleza, pero hay un grave error en  esa afirmación. Las leyes de la naturaleza no crean nada, solamente describen cómo reaccionan las cosas normalmente bajo ciertas condiciones. Por ejemplo, las leyes del movimiento no mueven la bola de billar sobre la mesa.

Cudro texto bola de billar

Lo hace el jugador de billar con su taco bien dirigido. Las leyes del movimiento sólo describen por qué la bola se movió hacia adelante y no al revés. Ningunas leyes físicas de combustión interna han creado jamás  un motor de automóvil. Han sido necesarias mentes muy creativas e inteligentes para hacerlo.

El razonamiento por analogía                                                                                                            El astrónomo John Herschel describió el método analógico de la siguiente manera: “Si la analogía de dos fenómenos es muy semejante y próxima, mientras que al mismo tiempo la razón de uno es muy obvia, es casi imposible rechazar la admisión de la acción de una causa análoga en el otro, aunque no sea tan evidente en sí misma”.

Si admitimos que cada vez que vemos información escrita, tal como en libros, en planos, en programas informáticos o incluso en pinturas rupestres, es que hay una inteligencia detrás de ella, entonces sería razonable creer que también podría ser verdad para la naturaleza. Muchos idiomas actuales utilizan un alfabeto escrito de 26 letras. Los ordenadores utilizan un alfabeto eléctrico de 2 letras, mientras que la naturaleza utiliza un alfabeto químico de 4 letras. Este alfabeto de 4 letras (ADN) se utiliza del mismo modo que se utiliza cualquier alfabeto, para escribir instrucciones muy específicas y detalladas sobre cómo una célula fabrica proteínas, etc.

Cudro texto 1

El astrónomo Carl Sagan dijo que la recepción de un sencillo mensaje del espacio exterior sería suficiente para llegar a la conclusión de que hubo vida inteligente ahí fuera. Sin embargo, cada célula viva del cuerpo humano contiene más información que en todos los 30 volúmenes de la enciclopedia Británica. Nadie duda ni por un instante de que hubo una inteligencia detrás de la compilación de los 30 volúmenes de la enciclopedia, y que no se agrupó al azar por sí sola. ¿Por qué entonces no debería de decirse lo mismo de la compleja información contenida en una cadena de ADN?

El evolucionista y ateo, Richard Dawkins, escribió un libro titulado “El Relojero Ciego”, tomado obviamente para tratar de refutar las ideas expuestas en el “Relojero Inteligente” de Paley. Yo tengo todavía que encontrar a un relojero ciego, y de poca inteligencia. Incluso llegué al extremo de buscarlo enviando correos electrónicos a un buen número de conocidas empresas relojeras, la mayoría simplemente ignoraron mi correo electrónico, considerando que probablemente procedía de un idiota.

El salmista David escribió que el necio ha dicho en su corazón que no hay Dios 5. Esa es una decisión emocional, no una inteligente, y no hay evidencia para respaldarla.

Referencias:                                                                                                                                        1 Borrow JD y FJ Tipler 1986. El Principio Antrópico. Oxford University Press, Nueva York, Pág. 36             2 Salmos 19:1                                                                                                                                   3 W. Paley. Teología Natural, American Tract Society  Pág. 9 – 10                                                           4 M. Denton 1985. Evolución: una teoría en crisis. Pág. 344, 345                                                             5 Salmos 14:1

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